Hoy he vuelto a verte y ha sido como si no hiciese una vida, como si no hubiese un abismo entre el ayer de las risas y el hoy de… y el hoy… de hoy.
Ni una palabra, ni un solo gesto nos ha delatado, la educación ha echado tierra sobre un siglo de vida y hemos hablado de todo, de nada, como siempre…
Pero miro hacia atrás y me pregunto ¿dónde están tus colores? ¿Dónde está la chica del vestido blanco con zapatos rojos? ¿Por qué me parece tan natural tu traje oscuro? ¿Qué fue de aquel sombrero?
Y pienso que la vida no sólo nos envejece: también nos hace más cautos, aprendemos a caminar y a guardar secretos, a temblar debajo de una manta para que no se note que tenemos miedo. Aprendemos a desconfiar en defensa propia, a salvarnos de la indiscreción, a cautivar sin dejarnos atrapar, a preferir la soledad de nuestro interior, la que no engaña.
Aprendemos a hablar de todo y de nada, a abrir un abismo entre las risas de hoy y la ilusión de mañana.
Me miro en el espejo y sé lo que quiero ver, así que me disfrazo de mí misma para ver exactamente aquello que deseo, para ni por un instante dar otra imagen que la que espero.
Me retoco el maquillaje de autoestima, unos toques de fortaleza y ya estoy lista… otro día más preparada para dar la cara.
Si mirase con más detalle me vería de verdad, pero ¿a quién le interesa? Ni siquiera yo quiero ver mis flaquezas, así que echo una última mirada y salgo a ofrecer al mundo lo que no soy.
La finalidad de una empresa es hacer feliz a un montón de gente. Ese montón de gente incluye a mis clientes y me incluye a mí. Si me rodeo de un montón de gente feliz, yo también seré feliz, así que en definitiva la cuestión se reduce básicamente a los clientes.
Es decir, si yo tengo una empresa, ofreceré mi producto pensando en los gustos de toda esa gente, e intentaré demostrarles que si se convierten en mis clientes, serán más felices. Para ello emplearé las estrategias de marketing.
Primero debo analizar bien mi entorno para ver qué personas son aptas para ser clientes míos, es decir, a qué tipo de personas puedo hacer felices con alguno de los productos que ofrezco en mi empresa.
Una vez definidos los posibles clientes, debo asociarlos a los productos correspondientes, es decir, debo clasificarlos en función de sus expectativas para tratar de asignarles aquel o aquellos de mis productos que les satisfarán más plenamente. A continuación he de buscar la forma de hacerles ver que tengo algo que ofrecerles, y que les va a gustar. Creo que esto siguen siendo estrategias de marketing.
Por otro lado está la competencia. Actualmente hay mucha gente haciendo muchas cosas, así que tengo dos opciones: hacer lo mismo que los demás pero mejor, o hacer algo que no haga nadie. Lo ideal sería cumplir ambos objetivos. Con imaginación y ganas de hacer las cosas bien me veo capaz de conseguirlo.
En definitiva creo que se trata de mimar a mi cliente: antes de que lo sea para que se decida por mi empresa y no por otra, cuando está a punto de serlo para ayudarle a dar el paso definitivo, y, por supuesto, cuando ya lo es para que se quede conmigo.
Además, tengo que comunicarme con él. Definitivamente esto son las estrategias de marketing (creo…). Me explico:
Cuando aún no me conoce, he de darme a conocer, pero he de hacerlo de la forma que a él más le llegue, no siempre sirve plantarme delante de sus narices y decirle: “¡eh!, ¿No me ves? ¡Tengo este producto que te va a encantar!”. Deberé analizar sus costumbres, su entorno, sus gustos… e introducirme de forma sutil en ellos para que se fije en mí y le llegue mi mensaje.
Una vez que me ha conocido viene el momento más delicado: ¿Por qué yo y no otro? Para esto debo conocer sus gustos y sus preferencias y lanzar mi mensaje de forma que no le quede la más mínima duda de que soy la solución perfecta: conmigo su vida será más feliz, más divertida, más fácil… si llego a convencerle de que esto es cierto (que lo es, véase el punto de la competencia), habré ganado un cliente y tendré a mi lado una persona más que es feliz gracias a lo que yo hago. Es el momento del equilibrio perfecto: me rodeo de gente feliz y me transmiten su felicidad. Debo conseguir mantener esta situación durante todo el tiempo que sea posible.
Así que eso no es todo, pues ahora me toca mimarle aún más para que siga conmigo. En este punto la relación es una especie de simbiosis, pues mientras yo le siga ofreciendo productos que hagan su vida más placentera, él seguirá cerca de mí, así que no puedo apalancarme y decir: “¡Hale! ¡Éste ya está en el bote! ¡A por otro!”, sino que debo seguir anticipándome a sus necesidades, ahora que ya le conozco debo preguntarle si está contento conmigo, qué le gusta y qué no tanto, y hacer cada día todo lo posible para que vea cumplidos y superados sus sueños respecto a mi empresa, incluso antes de que él mismo sepa que los tiene.
Así mis clientes serán más felices. Todo el tiempo.
Si supiera que éste iba a ser mi último día, tengo claro lo que haría: me iría de fiesta…
Trataría de ver a mis amigos, tendría un montón de palabras amables para todo el mundo, bromearía con éste, tomaría churros con aquel, daría un beso a mis nietos, le demostraría a mi hija que la quiero…
Si supiera que éste iba a ser mi último día me gustaría poder estar alegre hasta el final, e intentaría que no se me notara, que luego la gente se pone muy trágica con la cosa de las despedidas…
Procuraría que todo el mundo se diera cuenta de que soy feliz, de que he tenido una vida intensa en la que no he desaprovechado ni uno solo de mis días, de que en cada momento he sido y he hecho a la gente ser feliz.
Me vestiría con cuidado, ¿hoy qué me pongo? Tengo que estar guapa… Intentaría hacer lo de cada día, sólo que un poco más contenta…
Pensándolo bien, yo también me quiero morir mientras me voy a la feria…
Juego a ser mayor y no me sale. Me mezclo entre la gente y no me encuentro. Y te encuentro. Y te hablo con los ojos y lo entiendes. Pero no me entiendes. Y todo es luna, y cielo, y magia, y libertad. Y me besas. Y me gusta que me quieras. Y no pienso. Y te beso.
Y de pronto la magia desaparece, nos volvemos de sal por mirar atrás, y nos quedamos en la superficie de un mundo de plástico que acariciamos para no romper, por si acaso en su interior se encuentra la felicidad.
Y me aferro a un “no lo sé” que no es un “no”, y elijo un mundo que no me ha elegido, y no quiero mirar al futuro por si no me gusta, y cierro los ojos y eres la princesa de mis sueños, y me inspiras, y me dueles, y ya no me río, y sonrío para que no se me note…
Hoy me han dicho muchas cosas. Cosas que ya sé. Cosas que llevan años diciéndome con sus gestos, sus miradas, sus risas…
Hoy el mensaje venía en forma de ramo de flores, una foto, 3 frases y muchas, muchas firmas, para decir todas esas cosas que hace tiempo que sé, pero que nunca está de más volver a escuchar…
Y a mí no me han salido las palabras.
Mi mensaje venía en forma de lágrimas, porque cuando las palabras no salen, mis ojos toman la iniciativa y actúan por su cuenta.
Me he quedado muda y no he podido decir que os quiero, que me habéis hecho crecer, que junto a vosotros he explorado mis límites, los he descubierto y he ido más allá.
Que gracias a vosotros hoy soy más libre, más fuerte, mejor.
Que me habéis enseñado que para tocar el cielo basta con decir “quiero”.
Sigo con mi misión intergaláctica, pero no debo bajar la guardia: últimamente me han preguntado varias veces si soy de este planeta. Si no tengo cuidado me van a acabar descubriendo...
Hoy voy a hablar de los celos.
He de aclarar primero que los terrícolas vienen con un solo corazón. El corazón humano, para no estar solo, siempre está buscando otro corazón al que unirse, y cuando lo encuentra se firma un contrato que hace que dos personas sean poseedoras la una del corazón del otro.
Pero la tendencia natural del corazón sigue siendo buscar más corazones, y generalmente esa búsqueda se produce de forma que el propietario del mismo no pueda hacer nada por impedirlo. Algunos consiguen ahogar esta tendencia, y mediante ataduras muy fuertes de la libertad, doblegan el instinto natural del corazón, lo atrofian, y así pertenece sólo a aquella persona con quien firmaron el primer contrato.
Otros no.
Algunas personas tienen un sentido de la propiedad muy acusado respecto a su corazón. Cuando esto ocurre, la persona que entrega su corazón piensa que se lo pueden robar en cualquier momento, y espía a la persona a la que se lo ha entregado. En este punto aparecen los celos, que corroen y emponzoñan la superficie del corazón de su poseedor haciéndolo incapaz de amar.
Las marcianas tenemos muchos corazones, por eso nunca nos sentimos solas, nuestra capacidad de amar es ilimitada y no nos afectan los celos. Pero los humanos se hacen muchos líos todavía con esto…