Déjame contarte que se puede ser feliz, que no es tan difícil… basta con no desearlo demasiado.
Es tan simple como asumir que estamos aquí con ese fin y no con otro, y dar por hecho que así ha de ser.
Déjame contarte que la felicidad no consiste en estar dando saltos de alegría cada uno de los días de la semana. Que consiste en sentirse parte del universo y dejarse arrastrar por la vida.
Déjame explicarte que encontramos la felicidad en cada esquina siempre que miremos con ojos que preguntan y no con ojos que juzgan.
Que los ojos que interrogan hacen que nuestra expresión sea más amable, más ingenua. Que los demás nos tratan con más cariño porque sienten que tienen respuesta para algunas de nuestras preguntas.
Que nos dan las respuestas y con ellas la oportunidad de decir una palabra que te envuelve: Gracias.
Déjame contarte lo bien que te sientes después de dar las gracias. Lo sabio que te hace esa simple palabra. Cómo te ayuda a crecer y a leer en los ojos que tienes delante.
Cómo revives por dentro y sonríes por fuera. Cómo cambia la mirada del que te mira porque te mira y te ve, y se mira y se ve.
Intentando llevar a cabo mi misión lo mejor posible, trato de ponerme en el lugar de los humanos, de sentir como ellos, de pensar como ellos… pero he de reconocer que no lo consigo, o al menos no siempre.
Al principio no parece tan complicado, me meto en su espiral de sentimientos y trato de mantenerme a flote, de establecer un equilibrio, pero esto es algo que no acabo de conseguir, pues una vez que me instalo en él, algo me hace desequilibrarme. Es como si los humanos buscasen siempre el equilibrio en las posiciones más descabelladas, y yo, al tratar de imitarles, como en la foto, acabo invariablemente en el suelo.
Algo tan simple como vivir, en el ser humano llega a ser una verdadera lucha en contra de la vida misma. Lo que debería ser un dejarse fluir, nadar en la corriente de la vida disfrutando del camino, para el ser humano se acaba convirtiendo en un viaje lleno de golpes, choques, arañazos y rasguños emocionales de los que no consiguen salir indemnes.
De hecho, la mayoría de las veces, ni siquiera tratan de curar las cicatrices para que desaparezcan, sino que hurgan en la herida una y otra vez para que no llegue nunca a cerrarse y les recuerde a cada momento el instante en el que se la hicieron, recreando el dolor cada vez que la rozan, o simplemente la miran.
Es como si se hubiesen propuesto ser infelices, y a cada momento, en especial en aquellos en que yo más veo que la vida les sonríe, se entretienen en enumerar una y otra vez todas las cosas que les hacen ser infelices, pero no con el fin de solucionarlas, sino más bien como el que colecciona cromos: para ver cuáles te faltan y sentirse muy orgulloso de tenerlos casi todos.
Esta creo que es una de las muchas cosas que jamás llegaré a comprender de los humanos. De verdad que me esfuerzo, pero es como si hubiese un choque frontal entre mi naturaleza y la suya. Y sé que esto no beneficia en nada a mi misión, pues esa brecha que se abre y que cada vez es más grande, me puede hacer distinguirme de una manera que no me hace pasar precisamente desapercibida, pero de verdad que no lo consigo…
Afortunadamente, casi siempre los humanos están muy ocupados contando y recontando sus heridas, y no me prestan demasiada atención, así que de momento creo que no corro peligro de ser descubierta.
Un cuerpo sin vida separando dos generaciones. El silencio, un sollozo, un ruego, la esperanza, la negación, una voz…
Mi mente, inoportunamente racional, trata de analizar la diferencia, de hallar un cambio, una señal… Nada. Sólo la certeza, apenas comprendida, de un proceso que ha llegado a su final. Y nada más. Ya está. “Ya está, chicos, ya está…"
No saltan chispas, no se hace la luz, no sientes un soplo gélido al elevarse el alma… nada. Sólo eso: nada.
Y el dolor.
¿Ya está?
“Ya está, chicos, ya está…”
La tristeza se viste de muchos colores: un sollozo descontrolado, una actividad desenfrenada, una compuerta desbordada, una aparente serenidad… Cuatro islas a la deriva tratando de evitarse unas a otras mientras se verifica en ellas el proceso de la comprensión, de la certeza, la tristeza, la soledad…
Hoy he vuelto a verte y ha sido como si no hiciese una vida, como si no hubiese un abismo entre el ayer de las risas y el hoy de… y el hoy… de hoy.
Ni una palabra, ni un solo gesto nos ha delatado, la educación ha echado tierra sobre un siglo de vida y hemos hablado de todo, de nada, como siempre…
Pero miro hacia atrás y me pregunto ¿dónde están tus colores? ¿Dónde está la chica del vestido blanco con zapatos rojos? ¿Por qué me parece tan natural tu traje oscuro? ¿Qué fue de aquel sombrero?
Y pienso que la vida no sólo nos envejece: también nos hace más cautos, aprendemos a caminar y a guardar secretos, a temblar debajo de una manta para que no se note que tenemos miedo. Aprendemos a desconfiar en defensa propia, a salvarnos de la indiscreción, a cautivar sin dejarnos atrapar, a preferir la soledad de nuestro interior, la que no engaña.
Aprendemos a hablar de todo y de nada, a abrir un abismo entre las risas de hoy y la ilusión de mañana.
Me miro en el espejo y sé lo que quiero ver, así que me disfrazo de mí misma para ver exactamente aquello que deseo, para ni por un instante dar otra imagen que la que espero.
Me retoco el maquillaje de autoestima, unos toques de fortaleza y ya estoy lista… otro día más preparada para dar la cara.
Si mirase con más detalle me vería de verdad, pero ¿a quién le interesa? Ni siquiera yo quiero ver mis flaquezas, así que echo una última mirada y salgo a ofrecer al mundo lo que no soy.
La finalidad de una empresa es hacer feliz a un montón de gente. Ese montón de gente incluye a mis clientes y me incluye a mí. Si me rodeo de un montón de gente feliz, yo también seré feliz, así que en definitiva la cuestión se reduce básicamente a los clientes.
Es decir, si yo tengo una empresa, ofreceré mi producto pensando en los gustos de toda esa gente, e intentaré demostrarles que si se convierten en mis clientes, serán más felices. Para ello emplearé las estrategias de marketing.
Primero debo analizar bien mi entorno para ver qué personas son aptas para ser clientes míos, es decir, a qué tipo de personas puedo hacer felices con alguno de los productos que ofrezco en mi empresa.
Una vez definidos los posibles clientes, debo asociarlos a los productos correspondientes, es decir, debo clasificarlos en función de sus expectativas para tratar de asignarles aquel o aquellos de mis productos que les satisfarán más plenamente. A continuación he de buscar la forma de hacerles ver que tengo algo que ofrecerles, y que les va a gustar. Creo que esto siguen siendo estrategias de marketing.
Por otro lado está la competencia. Actualmente hay mucha gente haciendo muchas cosas, así que tengo dos opciones: hacer lo mismo que los demás pero mejor, o hacer algo que no haga nadie. Lo ideal sería cumplir ambos objetivos. Con imaginación y ganas de hacer las cosas bien me veo capaz de conseguirlo.
En definitiva creo que se trata de mimar a mi cliente: antes de que lo sea para que se decida por mi empresa y no por otra, cuando está a punto de serlo para ayudarle a dar el paso definitivo, y, por supuesto, cuando ya lo es para que se quede conmigo.
Además, tengo que comunicarme con él. Definitivamente esto son las estrategias de marketing (creo…). Me explico:
Cuando aún no me conoce, he de darme a conocer, pero he de hacerlo de la forma que a él más le llegue, no siempre sirve plantarme delante de sus narices y decirle: “¡eh!, ¿No me ves? ¡Tengo este producto que te va a encantar!”. Deberé analizar sus costumbres, su entorno, sus gustos… e introducirme de forma sutil en ellos para que se fije en mí y le llegue mi mensaje.
Una vez que me ha conocido viene el momento más delicado: ¿Por qué yo y no otro? Para esto debo conocer sus gustos y sus preferencias y lanzar mi mensaje de forma que no le quede la más mínima duda de que soy la solución perfecta: conmigo su vida será más feliz, más divertida, más fácil… si llego a convencerle de que esto es cierto (que lo es, véase el punto de la competencia), habré ganado un cliente y tendré a mi lado una persona más que es feliz gracias a lo que yo hago. Es el momento del equilibrio perfecto: me rodeo de gente feliz y me transmiten su felicidad. Debo conseguir mantener esta situación durante todo el tiempo que sea posible.
Así que eso no es todo, pues ahora me toca mimarle aún más para que siga conmigo. En este punto la relación es una especie de simbiosis, pues mientras yo le siga ofreciendo productos que hagan su vida más placentera, él seguirá cerca de mí, así que no puedo apalancarme y decir: “¡Hale! ¡Éste ya está en el bote! ¡A por otro!”, sino que debo seguir anticipándome a sus necesidades, ahora que ya le conozco debo preguntarle si está contento conmigo, qué le gusta y qué no tanto, y hacer cada día todo lo posible para que vea cumplidos y superados sus sueños respecto a mi empresa, incluso antes de que él mismo sepa que los tiene.
Así mis clientes serán más felices. Todo el tiempo.
Si supiera que éste iba a ser mi último día, tengo claro lo que haría: me iría de fiesta…
Trataría de ver a mis amigos, tendría un montón de palabras amables para todo el mundo, bromearía con éste, tomaría churros con aquel, daría un beso a mis nietos, le demostraría a mi hija que la quiero…
Si supiera que éste iba a ser mi último día me gustaría poder estar alegre hasta el final, e intentaría que no se me notara, que luego la gente se pone muy trágica con la cosa de las despedidas…
Procuraría que todo el mundo se diera cuenta de que soy feliz, de que he tenido una vida intensa en la que no he desaprovechado ni uno solo de mis días, de que en cada momento he sido y he hecho a la gente ser feliz.
Me vestiría con cuidado, ¿hoy qué me pongo? Tengo que estar guapa… Intentaría hacer lo de cada día, sólo que un poco más contenta…
Pensándolo bien, yo también me quiero morir mientras me voy a la feria…
Juego a ser mayor y no me sale. Me mezclo entre la gente y no me encuentro. Y te encuentro. Y te hablo con los ojos y lo entiendes. Pero no me entiendes. Y todo es luna, y cielo, y magia, y libertad. Y me besas. Y me gusta que me quieras. Y no pienso. Y te beso.
Y de pronto la magia desaparece, nos volvemos de sal por mirar atrás, y nos quedamos en la superficie de un mundo de plástico que acariciamos para no romper, por si acaso en su interior se encuentra la felicidad.
Y me aferro a un “no lo sé” que no es un “no”, y elijo un mundo que no me ha elegido, y no quiero mirar al futuro por si no me gusta, y cierro los ojos y eres la princesa de mis sueños, y me inspiras, y me dueles, y ya no me río, y sonrío para que no se me note…