Radiante y luminosa me revelo ante tus ojos, te deslumbro, me deseas.
Criaura mágica que se hace mortal. Medio diosa, medio humana. Elfa, ninfa, sobrenatural.
El milagro de un deseo, el gemido de una lucha, la traición de la voluntad.
El aire que respiras, tu aliento más profundo, tu latido, tu despertar.
Te comportas como un niño, hipnotizado, te dejas llevar. Y al cogerme de la mano te estremeces, te resistes, te sonrío y te desarmo. Tus ojos buscan los míos aun sin quererlos buscar. Medio avergonzado, medio ilusionado, sabes que, aunque no puedes evitarlo, caminas hacia el final. Pues mi mirada te quema, te abrasa, te ata, te atrapa… no te puedes echar atrás.
Y te abrazo, y te asfixias, pero no te resistes: te quedas. Y no sabes si es por o contra tu voluntad. Quizá una mecla de ambas. Quizá ya nunca lo sabrás.
En un último abrazo te fundes conmigo, buscas el aire que no llega. Tus pulmones protestan, se quejan, pero es tarde: ya no se hacen oir. Ya estás lejos, estás aquí. Mis ojos te atrapan sin piedad. Y me miras, y sonríes, y me amas, me perdonas. Me amas. Me perdonas.
Me quedé de pie frente a la ventana, mirando sin ver: el cielo, las nubes, los árboles, los coches, la gente…
La gente. Sin problemas, sin dudas, sin dolor.
Por mi mente, aún en blanco, se iba colando la noticia: “No pienses, todavía no…”
Hubiese dado lo imposible por no haber estado, por no haber cogido el teléfono; por haber dicho que no era yo, que se habían equivocado.
Por haber retrasado tan sólo un minuto los 15 segundos que cambiarían mi vida. Por haber tenido la oportunidad de disfrutar de ese minuto previo a la agonía.
Por no haber pasado de la tranquila felicidad a la soledad aterradora.
Falta algo. Lo sé. Abro la ventana, respiro hondo… no, es algo más.
Queman en las manos las caricias que no he dado, se hielan en los labios los besos que no son. Tiembla el alma, cierro los ojos. No es suficiente, más… más.
Me ahogo, respiro. Nace una lágrima, suspira un gemido. Algo más…
Te busco, te encuentro, te pierdo, te lloro, te miro, te leo. Te leo… aún más.
En la hora más tonta del día, en la más perezosa… me gusta pararme a soñarte.
Te invoco despacito y dejo que se me encoja el corazón un poco, sólo un poquito.
Te vas filtrando en mi mente y recorro cada recuerdo, cada momento juntos; saboreo tus gestos, tu risa, tu mirada… y es al llegar a tu mirada cuando se me encoge el corazón otro poquito; aguanto la respiración un instante y continúo.
Cuando se terminan los recuerdos, como no son muchos, me invento los míos.
Y te imagino a mi lado, disfrutando de todo lo que no hicimos, saboreando los platos que nunca pedimos, borrachos de un vino que nunca elegimos.
En la hora más tonta del día… me gusta inventarte un poquito.