Hace unos días un amigo me soltó esta frase a bocajarro, y me dejó sin respiración, como si me hubiesen dado un puñetazo en el estómago.
Me dejó sin respiración por varios motivos que voy a tratar de analizar.
En primer lugar porque esa frase es mía. No recuerdo las veces que se la habré dicho a alguno de los que considero mis amigos. Y tampoco recuerdo las veces (muchas más) que no se la he dicho a alguien a quien no considero tan amigo como para decírsela. Siguiendo esta regla de tres, esto me une aún más a mi amigo, y aunque ya sé lo unidos que estamos, siempre reconforta volver a comprobarlo.
En segundo lugar porque me di cuenta de lo dura que es la frase, y del efecto tan letal que tiene. Siempre que la he dicho ha sido con la intención de vapulear el alma del que la recibe, y ahora sé que tiene justamente ese efecto. Sin anestesia. Entra directa a matar y lo consigue. Mata la rutina, la desgana, la inercia y la apatía con la misma facilidad con que matarías un mosquito que se te ha posado en el brazo, sin darle mayor importancia.
Y en tercer lugar porque mi amigo tiene razón. Esto es lo peor de asumir, pero una vez que lo haces es cuando la frase comienza a actuar. Vuelves a respirar, la sangre te hierve por dentro, te das cuenta de lo inútil que es quejarse de algo que tiene solución si no la pones en práctica, de lo inútil que es quejarse de algo que no tiene solución si no asumes que no la tiene, y de lo inútil que es quejarse de cualquier cosa delante de un amigo en vez de aprovechar el tiempo compartido.
Vuelves a ver las cosas desde lejos, las sopesas, las superas, te plantas delante de ellas…
Radiante y luminosa me revelo ante tus ojos, te deslumbro, me deseas.
Criaura mágica que se hace mortal. Medio diosa, medio humana. Elfa, ninfa, sobrenatural.
El milagro de un deseo, el gemido de una lucha, la traición de la voluntad.
El aire que respiras, tu aliento más profundo, tu latido, tu despertar.
Te comportas como un niño, hipnotizado, te dejas llevar. Y al cogerme de la mano te estremeces, te resistes, te sonrío y te desarmo. Tus ojos buscan los míos aun sin quererlos buscar. Medio avergonzado, medio ilusionado, sabes que, aunque no puedes evitarlo, caminas hacia el final. Pues mi mirada te quema, te abrasa, te ata, te atrapa… no te puedes echar atrás.
Y te abrazo, y te asfixias, pero no te resistes: te quedas. Y no sabes si es por o contra tu voluntad. Quizá una mecla de ambas. Quizá ya nunca lo sabrás.
En un último abrazo te fundes conmigo, buscas el aire que no llega. Tus pulmones protestan, se quejan, pero es tarde: ya no se hacen oir. Ya estás lejos, estás aquí. Mis ojos te atrapan sin piedad. Y me miras, y sonríes, y me amas, me perdonas. Me amas. Me perdonas.
Me quedé de pie frente a la ventana, mirando sin ver: el cielo, las nubes, los árboles, los coches, la gente…
La gente. Sin problemas, sin dudas, sin dolor.
Por mi mente, aún en blanco, se iba colando la noticia: “No pienses, todavía no…”
Hubiese dado lo imposible por no haber estado, por no haber cogido el teléfono; por haber dicho que no era yo, que se habían equivocado.
Por haber retrasado tan sólo un minuto los 15 segundos que cambiarían mi vida. Por haber tenido la oportunidad de disfrutar de ese minuto previo a la agonía.
Por no haber pasado de la tranquila felicidad a la soledad aterradora.
Falta algo. Lo sé. Abro la ventana, respiro hondo… no, es algo más.
Queman en las manos las caricias que no he dado, se hielan en los labios los besos que no son. Tiembla el alma, cierro los ojos. No es suficiente, más… más.
Me ahogo, respiro. Nace una lágrima, suspira un gemido. Algo más…
Te busco, te encuentro, te pierdo, te lloro, te miro, te leo. Te leo… aún más.