A veces queremos salirnos del mundo, esconder la cabeza, dormir profundamente y despertar cuando todo pase…
Podemos huir de un sentimiento, de un amigo, de un dolor, de una idea…
Podemos huir hacia delante, escapar corriendo y adentrarnos en lo desconocido pensando que cualquier solución será mejor que el presente…
Podemos huir de nosotros mismos. Escondernos de este hoy que nos ahoga y mirarlo desde lejos, abarcar la existencia con una mirada indiferente y pensar que no nos pertenece.
Podemos llegar a sentir que lo hemos conseguido, que nuestras acciones no han dejado huella, que nuestros deseos no han tenido consecuencias.
Podemos humillarnos y reconocer que no es así, que no lo será nunca: que no somos capaces de huir de nosotros mismos.
También podemos enfrentarnos a la vida, plantarle cara, mirarla de frente y decidir que somos lo bastante valientes como para no poder huir de ella.
Podemos aguantar el tipo, clavar los pies en el suelo y esperar la ola que nos hará rodar.
Esperar la vida, esperar el golpe.
Y tras el golpe, un nuevo paisaje, una nueva herida, la solución.
Adoro a las personas que son incapaces de huir de sí mismas.
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