Hoy me han dicho muchas cosas. Cosas que ya sé. Cosas que llevan años diciéndome con sus gestos, sus miradas, sus risas…
Hoy el mensaje venía en forma de ramo de flores, una foto, 3 frases y muchas, muchas firmas, para decir todas esas cosas que hace tiempo que sé, pero que nunca está de más volver a escuchar…
Y a mí no me han salido las palabras.
Mi mensaje venía en forma de lágrimas, porque cuando las palabras no salen, mis ojos toman la iniciativa y actúan por su cuenta.
Me he quedado muda y no he podido decir que os quiero, que me habéis hecho crecer, que junto a vosotros he explorado mis límites, los he descubierto y he ido más allá.
Que gracias a vosotros hoy soy más libre, más fuerte, mejor.
Que me habéis enseñado que para tocar el cielo basta con decir “quiero”.
Sigo con mi misión intergaláctica, pero no debo bajar la guardia: últimamente me han preguntado varias veces si soy de este planeta. Si no tengo cuidado me van a acabar descubriendo...
Hoy voy a hablar de los celos.
He de aclarar primero que los terrícolas vienen con un solo corazón. El corazón humano, para no estar solo, siempre está buscando otro corazón al que unirse, y cuando lo encuentra se firma un contrato que hace que dos personas sean poseedoras la una del corazón del otro.
Pero la tendencia natural del corazón sigue siendo buscar más corazones, y generalmente esa búsqueda se produce de forma que el propietario del mismo no pueda hacer nada por impedirlo. Algunos consiguen ahogar esta tendencia, y mediante ataduras muy fuertes de la libertad, doblegan el instinto natural del corazón, lo atrofian, y así pertenece sólo a aquella persona con quien firmaron el primer contrato.
Otros no.
Algunas personas tienen un sentido de la propiedad muy acusado respecto a su corazón. Cuando esto ocurre, la persona que entrega su corazón piensa que se lo pueden robar en cualquier momento, y espía a la persona a la que se lo ha entregado. En este punto aparecen los celos, que corroen y emponzoñan la superficie del corazón de su poseedor haciéndolo incapaz de amar.
Las marcianas tenemos muchos corazones, por eso nunca nos sentimos solas, nuestra capacidad de amar es ilimitada y no nos afectan los celos. Pero los humanos se hacen muchos líos todavía con esto…
Todos sabemos, o creemos saber el significado de esta palabra. Parece fácil, ¿no? Compartir… Se pueden compartir cosas, experiencias, afectos, momentos, palabras, recuerdos…
Pero hoy he descubierto un significado más amplio de la palabra compartir. Es una especie de “compartir a ciegas”, me explico… Un buen día se te ocurre hacer algo diferente, piensas “Si no lo hago me lo pierdo, así que, ¿por qué no?” y de pronto te ves rodeada de un montón de personas que no tienen nada que ver contigo. Gente con la que te cruzas cada día por la calle y a la que no dedicas una segunda mirada, gente anónima que se mueve en círculos diferentes al tuyo. Ni mejores ni peores. Diferentes.
Pero algo sí tienen que ver contigo, piensas de pronto, pues ahí estáis: participando en una actividad colectiva, uniendo esfuerzos para sacar un proyecto adelante, todos y cada uno… con motivaciones y propósitos diferentes, pero en definitiva COMPARTIENDO una ilusión.
Y va pasando la tarde y te das cuenta de que seguramente no serán tus amigos, a muchos no les vas a volver en la vida, pero en un momento puntual, vuestras emociones han sido las mismas, la euforia, la alegría, la ilusión… con edades, historias y creencias diferentes, pero en definitiva COMPARTIENDO una sensación.
Y pasan los días y descubres tus mismos sentimientos reflejados en sus caras, en sus palabras, en sus actos. Descubres que, con todo lo diferentes que sois, habéis encontrado un punto de unión, y de pronto te ves sintiendo el mismo orgullo, la misma sensación de irrealidad… con palabras, frases y ortografía diferentes, pero en definitiva COMPARTIENDO una emoción.
Y sigue pasando el tiempo y te das cuenta de que sigues sin conocer a esa gente de nada, no te importa lo que piensan, a quién votan, lo que leen, lo que escuchan… y es que en realidad no importa. Lo verdaderamente importante es que sin preguntar ni ser preguntados, fuimos capaces de COMPARTIR.
Y piensas que ojalá el mundo funcionara siempre así. Ojalá todos fuéramos capaces de encontrar puntos que nos unen a las personas, por diferentes que seamos. Ojalá fuésemos capaces de encontrar una meta, un objetivo común, reconocerlo, hacerlo nuestro, avanzar, alcanzarlo y seguir. Ojalá…
Nos dicen que hay que tener los pies en la tierra y yo no la encuentro, porque cada vez que me asiento con fuerza sobre esto que llamamos suelo, descubro que se mueve, se tambalea, me desequilibra y me hace saltar para no caer.
No encuentro la estabilidad y me doy cuenta de que prefiero este constante cambio de peso con el que me acomodo a cada nueva situación antes que la tan ansiada seguridad del terreno firme, que ni me cobija ni me hace sentir.
Prefiero temblar mis miedos antes que soportar la rigidez de la estatua de sal que se paró a mirar atrás.
Prefiero caminar, vagar sin rumbo, embarcarme en un cascarón y navegar, sentir las olas, acomodarme a ellas, caerme, levantarme y volver a luchar.
Y partir. Decir adiós a una seguridad que no veo y adentrarme en la oscuridad. Saber que el adiós me hará libre, que la despedida se transformará en otra oportunidad que, una vez más, no dejaré pasar. Saber que me iré, que no desaparezco, que me transformo, me alimento de mis cenizas y vuelvo a renacer. Que resucito en esta vida, que seré la misma para los que me sepan ver.
La cabeza alta, la mirada al frente, disparar un hasta siempre y renacer.
Quiero soñar, pero ya no me basta soñar despierta. Necesito dormirme profundamente, dejar de ser yo para ser un subconsciente que no entiendo y que no consigo ni quiero controlar. Sólo así me siento libre.
Y después jugar a reconocerme en esos sueños, analizarme, marearme y emborracharme de dudas, sorpresas y temores para acabar decidiendo que los sueños sueños son, que así debe ser…
Y llenar la maleta con retazos que me hacen sonreir, retales de vidas que no llegarán, que porque no serán me hacen feliz.
Y cubrirme de situaciones no vividas que me ayudan a engañarme, de ilusiones soñadas con las que me alimento para sonreir, de sueños con los que fingir, caminar, vivir, escribir…
En misión especial intergaláctica. Mi cometido es investigar este planeta y enviar a mis superiores informes detallados con todo tipo de datos relevantes sobre el proceder de algunos de los habitantes de La Tierra, en concreto los humanos, con el fin de estudiar una posible invasión.
En la foto podéis ver el momento de mi llegada a La Tierra y mi transformación en humana. Apasionante.
Desde ese momento me he dedicado a observar a los humanos, estudiar sus conductas y recopilar información sobre ellos, que posteriormente envío a mi planeta. La táctica que empleo consiste en ofrecerles algo que demandan continuamente: alguien que les escuche. Ese alguien soy yo, lo cual parecen agradecer mucho porque durante nuestras conversaciones me suelen dar grandes cantidades de información, sobre todo de carácter íntimo y emocional, lo cual me viene de perlas para realizar mi cometido.
En ocasiones, para no levantar sospechas, suelo aparentar que yo también necesito que alguien me escuche, pero la mayoría de las veces los humanos no son receptivos a estas insinuaciones, por lo cual creo que aún no han llegado a sospechar de mi procedencia interestelar.
Me tiene algo intrigada el hecho de que, por más informes que envío, mis superiores aún no parecen tener suficientes datos para proceder a la invasión, de forma que mi misión se va alargando hasta límites imprevistos. O bien mis informes, a pesar de ser muy extensos, no contienen todos los datos necesarios, o bien, y yo me inclino más por esta última opción, mis congéneres se están pensando muy mucho invadir un planeta poblado por semejantes seres.
Mientras tanto, intento acostumbrarme a su forma de vida, a su manera de pensar, de actuar… pero debo reconocer que me cuesta mucho, lo cual tampoco parece importar demasiado a los humanos.
Una de las cosas que más me gustan de este planeta son los almendros. Los almendros pertenecen a una forma de vida que ellos llaman árboles, y sirven para indicar, en mitad del más crudo invierno, que ya falta poco para que llegue el buen tiempo. Cuando esto está a punto de suceder, los almendros se llenan de bolitas blancas, que, bajo la lluvia, te hacen pensar en el sol, y así, por medio de la telepatía colectiva, al pensar todo el mundo en el sol, se le convoca y éste aparece aproximadamente un mes después. Los humanos son muy poco hábiles en el terreno de la telepatía y no consiguen acelerar el proceso.