Decido cuánto tiempo quiero pasar con cada una de ellas. Me tambaleo en la cuerda floja que las separa, pero me mantengo a flote e intento llenar mis pulmones con una bocanada de aire fresco cada vez que tengo ocasión.
A veces me siento como en una eterna lucha contra la apatía. De pronto decide instalarse y yo decido que no quiero. Coqueteo con ella, la miro de reojo, la abrazo, se escurre, la miro de frente, se escapa, jugamos, me gana…
Es traicionera, porque se viste de comodidad, te adormece, te dejas llevar, y cuando te quieres dar cuenta has cerrado los ojos y has saltado al vacío.
Pero en el último instante alargo una mano y encuentro un punto de apoyo. Y me rebelo, y decido que no me voy a dejar vencer tan fácilmente.
Y como es poco amiga de todo aquello que le cueste algún esfuerzo, decide que ya ha jugado bastante conmigo y se retira…
¿En qué momento la fantasía se antepuso a las ganas de luchar?
¿Por qué aparqué la ilusión para refugiarme en los sueños?
¿Cuándo me cansé de tu voz, de tu risa? ¿En qué instante comencé a cambiarlas por ficciones inventadas?
Tuvo que haber un comienzo, un primer paso para esta vida de ilusión y aislamiento.
En algún momento elegí la fantasía a la realidad, me aislé en un mundo soñado y comencé a caminar por senderos que, a fuerza de imaginarlos, se hacían cada vez más y más encantadoramente sólidos.
En algún momento emprendí este camino a través del espejo en el que ni tan siquiera mi reflejo es lo que parece…
A veces queremos salirnos del mundo, esconder la cabeza, dormir profundamente y despertar cuando todo pase…
Podemos huir de un sentimiento, de un amigo, de un dolor, de una idea…
Podemos huir hacia delante, escapar corriendo y adentrarnos en lo desconocido pensando que cualquier solución será mejor que el presente…
Podemos huir de nosotros mismos. Escondernos de este hoy que nos ahoga y mirarlo desde lejos, abarcar la existencia con una mirada indiferente y pensar que no nos pertenece.
Podemos llegar a sentir que lo hemos conseguido, que nuestras acciones no han dejado huella, que nuestros deseos no han tenido consecuencias.
Podemos humillarnos y reconocer que no es así, que no lo será nunca: que no somos capaces de huir de nosotros mismos.
También podemos enfrentarnos a la vida, plantarle cara, mirarla de frente y decidir que somos lo bastante valientes como para no poder huir de ella.
Podemos aguantar el tipo, clavar los pies en el suelo y esperar la ola que nos hará rodar.
Esperar la vida, esperar el golpe.
Y tras el golpe, un nuevo paisaje, una nueva herida, la solución.
Adoro a las personas que son incapaces de huir de sí mismas.
Es una actividad de lo más apasionante: ¡os la recomiendo!
Primero te pregunta si estás seguro.
Después te dice que si lo haces por el tema de los problemas de privacidad ya han arreglado ese error, lo cual me ha preocupado algo más de lo que me gustaría: ¡no tenía ni idea de que tenían problemas con la privacidad!.
Luego te dice que tus amigos te van a echar de menos, y te los nombra uno por uno, en plan sentimental, por si les quieres enviar un mensaje, ultimatum, despedida o similar.
Por último te obliga a decir por qué te quieres borrar, y pinches donde pinches te sale un panegírico para que cambies de opinión.
Así que con cada paso me convencía más y más de que quería salir de esa especie de secta en la que me metí voluntariamente y que con tanta insistencia se empeñaba en absorberme.
Sorprendentemente, cuando ya le había cogido el truco a ir pasando pruebas y más pruebas, por fin he leído en la pantalla algo así como: "estás desconectado" (quizás no fuera esa la expresión exacta, pero sí la idea…).
Pero en el último momento, cuando ya crees que casi lo has conseguido te hace otra pregunta inquietante. Tras informarte de que aunque te hayas borrado, tus “amigos” pueden seguir enviándote mensajes, invitándote a eventos, y realizando todas esas absurdas acciones que ya venían haciendo regularmente y por las cuales has decidido desaparecer de Facebook, te pregunta si quieres seguir recibiendo correos electrónicos de todas esas acciones. Un poco en plan: “puedes hacer lo que quieras, pero algo de ti va a seguir perteneciendo a Facebook de por vida, incluso aunque ahora te demos la posibilidad de pinchar ´no´ y no enterarte de que están sucediendo cosas a tu alrededor”.
Afortunadamente sólo tenía poco más de 50 “amigos”. No quisiera estar en el caso de los que se encontrarán con más de mil personas enviando mensajes al vacío una y otra vez… Espeluznante.
Pero creo que al final ¡lo he conseguido! Tras numerosas reiteraciones insistiendo en que puedo volver a apuntarme cuando desee, me han dejado ir, así que puedo afirmar que…
Dicen los almendros que se está acabando el invierno.
Y los almendros nunca mienten.
Porque hunden sus raíces en lo más puro, en el corazón de la tierra, y le arrancan sus secretos más profundos para transformarlos en anuncios de primavera.
Porque son los únicos que tras la nevada siguen conservando sus ramas blancas.
Porque convierten cada gota de agua, cada copo de nieve, en millones de flores, en aromas de días felices y en reflejos de tardes de sol.
Por eso sé que, aunque vengan días grises y nublados, aunque la lluvia de nuevo moje mi cara e inunde mi alma, el verano está cada vez un poco más cerca.
Cada día recibo de mis alumnos las mejores lecciones. Me enseñan cuándo hago las cosas bien, cuándo no, cuándo acierto, cuándo me equivoco, cuándo aprenden, cuándose aburren…
Quizás el concierto de hoy no haya sido el mejor de mi vida, ni el de la suya. Seguro que tampoco ha sido técnicamente el más complicado, ni el más elaborado musicalmente hablando. No ha habido grandes alardes de técnica instrumental, ni solistas virtuosos despellejándose los dedos sobre el instrumento. No hemos tenido ocasión de escuchar grandes obras musicales que te ponen los pelos de punta, ni ha habido momentos tan intensos que nos hayan dejado sin respiración…
Pero en cambio ha habido caras de alegría, ha habido sonrisas, ha habido ganas de pasárselo bien, ha habido nervios, se nos han pasado, nos lo hemos pasado bien…
Y ha habido risas.
Risas sinceras de un público que se divierte, risas nerviosas de alumnos que no lo saben, pero también se divierten. Risas de compañeros, risas de profesores, risas de amigos, de familiares, risas que daban risa…
Y hemos hecho música.
A nuestra manera: porque nos lo pasamos bien, por el palcer de disfrutar con algo que estamos creando, porque nos gusta, música desenfadada, divertida, un poco descuadrada, pelín desafinada… Pero música.
Y ha sido gracias a vosotros, que me decís cuándo hago las cosas bien, cuándo las hago mal, cuándo me equivoco, cuándo acierto…
Cuando sólo te apetece llorar, aunque no estés necesariamente triste.
Si lo que quieres es gritarle al mundo que te aburres, que estás cansada.
Cuando la solución parece ser esconderte debajo de las sábanas y olvidarte de pensar.
Y dejar que pase el tiempo. Las horas. Los días.
Sólo unas horas.
Sólo dos días…
Desear llenarte de energía y de nuevo gritarle al sol que te espere, que ya vas. Volver a tener ganas de que tu sonrisa compita con su luz. Cerrar los ojos un instante y decir: “ya está, ya pasó…”
Soltar dos lagrimones. Sentir esa fuerza que renace de las cenizas de un corazón abatido.