martes, 30 de marzo de 2010

Diario del dolor

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Día 3m+3

Todavía duele.
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sábado, 27 de marzo de 2010

Soñé que me querías


... no me lo esperaba y fue genial.
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Renacer


Nos dicen que hay que tener los pies en la tierra y yo no la encuentro, porque cada vez que me asiento con fuerza sobre esto que llamamos suelo, descubro que se mueve, se tambalea, me desequilibra y me hace saltar para no caer.

No encuentro la estabilidad y me doy cuenta de que prefiero este constante cambio de peso con el que me acomodo a cada nueva situación antes que la tan ansiada seguridad del terreno firme, que ni me cobija ni me hace sentir.

Prefiero temblar mis miedos antes que soportar la rigidez de la estatua de sal que se paró a mirar atrás.
Prefiero caminar, vagar sin rumbo, embarcarme en un cascarón y navegar, sentir las olas, acomodarme a ellas, caerme, levantarme y volver a luchar.

Y partir. Decir adiós a una seguridad que no veo y adentrarme en la oscuridad. Saber que el adiós me hará libre, que la despedida se transformará en otra oportunidad que, una vez más, no dejaré pasar. Saber que me iré, que no desaparezco, que me transformo, me alimento de mis cenizas y vuelvo a renacer. Que resucito en esta vida, que seré la misma para los que me sepan ver.

La cabeza alta, la mirada al frente, disparar un hasta siempre y renacer.

viernes, 12 de marzo de 2010

Aprender a llorar



Un día aprendí a llorar.
Aprendí a soltar el alma, a enjuagarme la angustia, a rodearme de gente que no me mira y romper a llorar.
En silencio, a la vista de todos, con una sonrisa, con un nudo en la vida. Llorar.
Aprendí a estar sola, a cobijarme bajo la lluvia, a resguardarme en el huracán, a echar el pelo hacia atrás, desafiar al mundo y llorar.
Mientras te miro, mientras no escuchas, desgarrando la risa. Llorar.
Aprendí a mentir para estar triste, a disfrazarme de sonrisa, a buscarme en tus ojos y llorar.
Con lágrimas invisibles, con dolor transparente, sin darle importancia. Llorar.
Un día me olvidé de gritar.

jueves, 11 de marzo de 2010

Dejar de ser yo



Quiero soñar, pero ya no me basta soñar despierta. Necesito dormirme profundamente, dejar de ser yo para ser un subconsciente que no entiendo y que no consigo ni quiero controlar. Sólo así me siento libre.
Y después jugar a reconocerme en esos sueños, analizarme, marearme y emborracharme de dudas, sorpresas y temores para acabar decidiendo que los sueños sueños son, que así debe ser…
Y llenar la maleta con retazos que me hacen sonreir, retales de vidas que no llegarán, que porque no serán me hacen feliz.
Y cubrirme de situaciones no vividas que me ayudan a engañarme, de ilusiones soñadas con las que me alimento para sonreir, de sueños con los que fingir, caminar, vivir, escribir…
Dejar de ser yo para sobrevivir.

sábado, 6 de marzo de 2010

Diario de una marciana

 

En misión especial intergaláctica. Mi cometido es investigar este planeta y enviar a mis superiores informes detallados con todo tipo de datos relevantes sobre el proceder de algunos de los habitantes de La Tierra, en concreto los humanos, con el fin de estudiar una posible invasión.

En la foto podéis ver el momento de mi llegada a La Tierra y mi transformación en humana. Apasionante.

Desde ese momento me he dedicado a observar a los humanos, estudiar sus conductas y recopilar información sobre ellos, que posteriormente envío a mi planeta. La táctica que empleo consiste en ofrecerles algo que demandan continuamente: alguien que les escuche. Ese alguien soy yo, lo cual parecen agradecer mucho porque durante nuestras conversaciones me suelen dar grandes cantidades de información, sobre todo de carácter íntimo y emocional, lo cual me viene de perlas para realizar mi cometido.

En ocasiones, para no levantar sospechas, suelo aparentar que yo también necesito que alguien me escuche, pero la mayoría de las veces los humanos no son receptivos a estas insinuaciones, por lo cual creo que aún no han llegado a sospechar de mi procedencia interestelar.

Me tiene algo intrigada el hecho de que, por más informes que envío, mis superiores aún no parecen tener suficientes datos para proceder a la invasión, de forma que mi misión se va alargando hasta límites imprevistos. O bien mis informes, a pesar de ser muy extensos, no contienen todos los datos necesarios, o bien, y yo me inclino más por esta última opción, mis congéneres se están pensando muy mucho invadir un planeta poblado por semejantes seres.

Mientras tanto, intento acostumbrarme a su forma de vida, a su manera de pensar, de actuar… pero debo reconocer que me cuesta mucho, lo cual tampoco parece importar demasiado a los humanos.

Una de las cosas que más me gustan de este planeta son los almendros. Los almendros pertenecen a una forma de vida que ellos llaman árboles, y sirven para indicar, en mitad del más crudo invierno, que ya falta poco para que llegue el buen tiempo. Cuando esto está a punto de suceder, los almendros se llenan de bolitas blancas, que, bajo la lluvia, te hacen pensar en el sol, y así, por medio de la telepatía colectiva, al pensar todo el mundo en el sol, se le convoca y éste aparece aproximadamente un mes después. Los humanos son muy poco hábiles en el terreno de la telepatía y no consiguen acelerar el proceso.

Hoy he visto un almendro en flor.

Continuará…

viernes, 12 de febrero de 2010

Presencias y ausencias




No deja de ser curioso comprobar cómo el “no ser” es mucho más poderoso que el “ser”.
Cuando estabas era muy fácil ubicarte en un punto concreto: al otro lado de un número (o, más frecuentemente, en “llamadas perdidas” jeje…),  entre cuatro paredes,  compartiendo conmigo una mesa, o volando hacia la isla de mis sueños…
Pero cuando no estás, de pronto se llena el universo de tu ausencia: en cada esquina por la que no aparecerás, en cada llamada que no recibiré, en cada clase a la que ya no asistirás, o en cada conversación que no dejaré para mañana ;-)
Por más que te imagines, que te cuenten, que leas… nadie te previene contra  la omnipresencia de las ausencias…
…debe ser eso que llaman “echar de menos”.

martes, 2 de febrero de 2010

Números


De pequeña me encantaba el cuatro... dos más dos, cuatro; dos por dos, cuatro, ¡es casi perfecto!

Si ibas más allá tenías el dieciseis: cuatro por cuatro... ¿se puede pedir más?, pero, aun así, el cuatro era mejor, el cuatro era genial...

Hasta hace poco...

Seguro que en algún momento me volveré a reconciliar con el cuatro, pero ahora no: ahora he descubierto que el cuatro es un número de mierda...

...he descubierto que me gustaba más el cinco...

jueves, 28 de enero de 2010

Mi padre



Mi padre era un tipo excepcional. Por muchos motivos.
Yo he ido aprendiendo esta lección poquito a poco a través de los años (menos de los que hubiera querido), y hoy ha venido mucha gente a recordármelo, para que no se me olvide. 
Mucha gente. 
Para que no se me olvide.
Él me enseñó a elegir la risa, a esperar manos abiertas, a fabricar síes.
Me regaló un mundo en el que a veces de las penas brotan alegrías.
Me regaló comprensión cuando ni siquiera yo me comprendía.
Me regaló la pasión por querer ver la parte más bonita de la vida.
Por eso, aunque hoy estoy triste, no me sale muy bien: a la vez estoy un poco alegre.
Porque no sé si habrá sido el mejor padre del mundo, pero sé que ninguno podríamos haber soñado uno mejor.
Porque te quiero. Y lo sabes. Y me gusta. Y lo sabes.
Y te quiero.

miércoles, 20 de enero de 2010

Ya basta por hoy


Con estas palabras doy por finalizada mi jornada cerebral. Cierro la ventana a mis preocupaciones. Dejo abierta una ranura para que entre aire fresco y echo a volar.

Mozart me ayuda.

Esta vez las lágrimas salen solas, no hace falta disimular, nadie me ve, nadie me mira, me dejo llevar.

No estoy triste, no estoy alegre. Me atrevería a afirmar que ni siquiera estoy.

Vuelo por entre las sombras, me instalo en mis pensamientos, se desvanece el mundo, me vuelvo nube y echo a llorar en un cielo azul, transparente de emociones, eterno y leve.

La música me habla de mundos perdidos, de viajes lejanos, de abismos, de futuro, de paz… me envuelve, me hipnotiza, me deshago, vuelo alto, dejo de pensar.

Pasan horas, días, semanas. Un instante más cerca de hoy que de ayer me llama y me dice “ven, sígueme…”

Y encuentro abismos de ternura, que no sé lo que son, pero saben a gloria entre tanta tempestad.

Y encuentro amaneceres de días que no serán, anocheceres que no tendrían que haber sido, mañanas que no llegarán, ilusiones que se van.

Y encuentro días perdidos en un rincón, tardes de ilusión, veranos al sol…

Y encuentro llaves que abren todos los corazones menos el tuyo, puertas que cierran todos los hogares menos el mío, lámparas que iluminan la tempestad.

Y me veo por dentro, y me da miedo, y no quiero mirar.

Y confundo el amor y el deseo. Y te quiero.

Y puede que no sepa lo que quiero, pero sé lo que no quiero.

Y no quiero dejarme de ilusionar.