Juego a ser mayor y no me sale. Me mezclo entre la gente y no me encuentro. Y te encuentro. Y te hablo con los ojos y lo entiendes. Pero no me entiendes. Y todo es luna, y cielo, y magia, y libertad. Y me besas. Y me gusta que me quieras. Y no pienso. Y te beso.
Y de pronto la magia desaparece, nos volvemos de sal por mirar atrás, y nos quedamos en la superficie de un mundo de plástico que acariciamos para no romper, por si acaso en su interior se encuentra la felicidad.
Y me aferro a un “no lo sé” que no es un “no”, y elijo un mundo que no me ha elegido, y no quiero mirar al futuro por si no me gusta, y cierro los ojos y eres la princesa de mis sueños, y me inspiras, y me dueles, y ya no me río, y sonrío para que no se me note…
Hoy me han dicho muchas cosas. Cosas que ya sé. Cosas que llevan años diciéndome con sus gestos, sus miradas, sus risas…
Hoy el mensaje venía en forma de ramo de flores, una foto, 3 frases y muchas, muchas firmas, para decir todas esas cosas que hace tiempo que sé, pero que nunca está de más volver a escuchar…
Y a mí no me han salido las palabras.
Mi mensaje venía en forma de lágrimas, porque cuando las palabras no salen, mis ojos toman la iniciativa y actúan por su cuenta.
Me he quedado muda y no he podido decir que os quiero, que me habéis hecho crecer, que junto a vosotros he explorado mis límites, los he descubierto y he ido más allá.
Que gracias a vosotros hoy soy más libre, más fuerte, mejor.
Que me habéis enseñado que para tocar el cielo basta con decir “quiero”.
Sigo con mi misión intergaláctica, pero no debo bajar la guardia: últimamente me han preguntado varias veces si soy de este planeta. Si no tengo cuidado me van a acabar descubriendo...
Hoy voy a hablar de los celos.
He de aclarar primero que los terrícolas vienen con un solo corazón. El corazón humano, para no estar solo, siempre está buscando otro corazón al que unirse, y cuando lo encuentra se firma un contrato que hace que dos personas sean poseedoras la una del corazón del otro.
Pero la tendencia natural del corazón sigue siendo buscar más corazones, y generalmente esa búsqueda se produce de forma que el propietario del mismo no pueda hacer nada por impedirlo. Algunos consiguen ahogar esta tendencia, y mediante ataduras muy fuertes de la libertad, doblegan el instinto natural del corazón, lo atrofian, y así pertenece sólo a aquella persona con quien firmaron el primer contrato.
Otros no.
Algunas personas tienen un sentido de la propiedad muy acusado respecto a su corazón. Cuando esto ocurre, la persona que entrega su corazón piensa que se lo pueden robar en cualquier momento, y espía a la persona a la que se lo ha entregado. En este punto aparecen los celos, que corroen y emponzoñan la superficie del corazón de su poseedor haciéndolo incapaz de amar.
Las marcianas tenemos muchos corazones, por eso nunca nos sentimos solas, nuestra capacidad de amar es ilimitada y no nos afectan los celos. Pero los humanos se hacen muchos líos todavía con esto…
Todos sabemos, o creemos saber el significado de esta palabra. Parece fácil, ¿no? Compartir… Se pueden compartir cosas, experiencias, afectos, momentos, palabras, recuerdos…
Pero hoy he descubierto un significado más amplio de la palabra compartir. Es una especie de “compartir a ciegas”, me explico… Un buen día se te ocurre hacer algo diferente, piensas “Si no lo hago me lo pierdo, así que, ¿por qué no?” y de pronto te ves rodeada de un montón de personas que no tienen nada que ver contigo. Gente con la que te cruzas cada día por la calle y a la que no dedicas una segunda mirada, gente anónima que se mueve en círculos diferentes al tuyo. Ni mejores ni peores. Diferentes.
Pero algo sí tienen que ver contigo, piensas de pronto, pues ahí estáis: participando en una actividad colectiva, uniendo esfuerzos para sacar un proyecto adelante, todos y cada uno… con motivaciones y propósitos diferentes, pero en definitiva COMPARTIENDO una ilusión.
Y va pasando la tarde y te das cuenta de que seguramente no serán tus amigos, a muchos no les vas a volver en la vida, pero en un momento puntual, vuestras emociones han sido las mismas, la euforia, la alegría, la ilusión… con edades, historias y creencias diferentes, pero en definitiva COMPARTIENDO una sensación.
Y pasan los días y descubres tus mismos sentimientos reflejados en sus caras, en sus palabras, en sus actos. Descubres que, con todo lo diferentes que sois, habéis encontrado un punto de unión, y de pronto te ves sintiendo el mismo orgullo, la misma sensación de irrealidad… con palabras, frases y ortografía diferentes, pero en definitiva COMPARTIENDO una emoción.
Y sigue pasando el tiempo y te das cuenta de que sigues sin conocer a esa gente de nada, no te importa lo que piensan, a quién votan, lo que leen, lo que escuchan… y es que en realidad no importa. Lo verdaderamente importante es que sin preguntar ni ser preguntados, fuimos capaces de COMPARTIR.
Y piensas que ojalá el mundo funcionara siempre así. Ojalá todos fuéramos capaces de encontrar puntos que nos unen a las personas, por diferentes que seamos. Ojalá fuésemos capaces de encontrar una meta, un objetivo común, reconocerlo, hacerlo nuestro, avanzar, alcanzarlo y seguir. Ojalá…
Nos dicen que hay que tener los pies en la tierra y yo no la encuentro, porque cada vez que me asiento con fuerza sobre esto que llamamos suelo, descubro que se mueve, se tambalea, me desequilibra y me hace saltar para no caer.
No encuentro la estabilidad y me doy cuenta de que prefiero este constante cambio de peso con el que me acomodo a cada nueva situación antes que la tan ansiada seguridad del terreno firme, que ni me cobija ni me hace sentir.
Prefiero temblar mis miedos antes que soportar la rigidez de la estatua de sal que se paró a mirar atrás.
Prefiero caminar, vagar sin rumbo, embarcarme en un cascarón y navegar, sentir las olas, acomodarme a ellas, caerme, levantarme y volver a luchar.
Y partir. Decir adiós a una seguridad que no veo y adentrarme en la oscuridad. Saber que el adiós me hará libre, que la despedida se transformará en otra oportunidad que, una vez más, no dejaré pasar. Saber que me iré, que no desaparezco, que me transformo, me alimento de mis cenizas y vuelvo a renacer. Que resucito en esta vida, que seré la misma para los que me sepan ver.
La cabeza alta, la mirada al frente, disparar un hasta siempre y renacer.
Quiero soñar, pero ya no me basta soñar despierta. Necesito dormirme profundamente, dejar de ser yo para ser un subconsciente que no entiendo y que no consigo ni quiero controlar. Sólo así me siento libre.
Y después jugar a reconocerme en esos sueños, analizarme, marearme y emborracharme de dudas, sorpresas y temores para acabar decidiendo que los sueños sueños son, que así debe ser…
Y llenar la maleta con retazos que me hacen sonreir, retales de vidas que no llegarán, que porque no serán me hacen feliz.
Y cubrirme de situaciones no vividas que me ayudan a engañarme, de ilusiones soñadas con las que me alimento para sonreir, de sueños con los que fingir, caminar, vivir, escribir…